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Soy muy groupie y no lo niego

Algunas chicas hetero tienen muy claro el tipo de perfil de tío que les pone y, como casi siempre, sobre gustos no hay nada escrito. A muchas les van los casados (o ennoviados), a otras los bomberos, los barbudos, los rubios… etc, etc, etc. Luego estoy yo que, por lo general y básicamente, me va la peña famosa. No lo puedo evitar. ¿Te pasa lo mismo? ¿Quizás es un poco de snob? No, chata, no es más que de groupie de toda la vida pero en versión spanish telecinco, que no todas podemos ser Nancy Spungen.

Si repaso mi historial de amantes, me doy cuenta de que nunca he salido con nadie “normal”. Con tan solo siete años perdí la cabeza por el rubiales que protagonizaba un anuncio de gomina y que casualmente iba en mi mismo curso. Luego en el instituto me colé por el profesor de gimnasia (un ex jugador de fútbol bastante conocido que no puedo nombrar, sorry) y, al menos, conseguí que me dedicara todos los goles que marcó aquel año 1996 en la liguilla entre profes y alumnos. Suena muy a comedia americana pero esto pasó en Galicia frente a una ría con olor a alga y a berberecho.

¿Siguiente ligue? ¿Un abogado tal vez? ¿Un médico quizás? Negativo. ¿Un panadero? Bueno, si hiciese colaboraciones para Masterchef igual podría encajar...

“Good girls go to heaven, bad girls go to backstages”.

¡No! Mi siguiente novio fue, obviamente, un DJ. Pasados los 18 comenzó el desenfreno nocturno y la conquista del backstage en los festivales veraniegos. Benicassim, Primavera Sound… siempre a la búsqueda de los artistas más internacionales. Jajajaja, patético pero True Story.

Aquí he de hacer un apunte para los lectores y lectoras más jóvenes y es que llegar al backstage a finales de los 90 no era moco de pavo, era todo un arte con su consecuente éxito o epic fail. Hoy, ya sabemos todos y todas que con Instagram, Twitter, Facebook y YouTube, los artistas y famosetes están al alcance de cualquiera. Se les puede escribir directamente e incluso hacer todo tipo de propuestas e invitaciones personales, que ellos (en el caso de las cuentas oficiales) y/0 sus managers decidirán si las aceptan o no, eso es otra cuestión. Pero en aquel entonces nos lo teníamos que currar bastante para acceder a ellos, ya que las cartas certificadas no les llegaban ni con el mejor cartero (ni aunque escribieras en el sobre ‘Dese prisa Señor Cartero, que es para el DJ que yo más quiero’).

Después de este inciso generacional, prosigo con mi historial de groupie. Tras años de festivaleo y de añadir DJ’s a mi lista de amantes me pasé a los cantantes indies. No me sacaba el lookito de perfecto de cuero y vaqueros pitillo bien prietos. Mi velada favorita consistía en: bareto malasañero para inflarme a birras, concierto en primera fila, backstage y hotel. Hasta que me pillé por el bajista de un grupo punk y la cosa se desmadró. Empecé a catear en la uni porque no pensaba en otra cosa que irme de gira y, después de un verano de desenfreno rompimos.

¿Qué ocurrió después?

Me mudé a La Latina y descubrí que en las tascas más cañís me podía topar, cualquier noche después de una función de teatro, a los humoristas y actores más conocidos. Y, por supuesto, ligármelos.

Y ahora que ya estoy en plan relajadita me van más los escritores… pero exclusivamente de bestsellers.

Siempre me he preguntado mucho sobre los motivos de esta tendencia mía pero sigo sin encontrar respuestas. Así que, por favor, si alguien se siente como yo, que me escriba y montamos el club de Las Groupies Anónimas.

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